Bueno, yo tenía trece años, cumplidos el día anterior. Y además tenía 41, también recién cumplidos. A los trece estaba enferma de algo en la cama (enferma en serio, que en Argentina el 11 de septiembre es feriado, para los mal pensados), a los 41 me acababa de levantar de una corta noche de sueño después de los festejos del cumple (es que a los 41 a una la dejan salir y hasta le dan la llave si una se descuida)
El 11 de septiembre, a los trece, fui testigo radial, paso a paso, de lo que se me antojó una ignominia y hasta puedo decir que sabía lo que significaba esa palabra (y tenía más, no en vano la Peti me llamaba “el diccionario con patas” y no era elogio, papá Quino)
El 11 de septiembre, a los 41, me quedé sin palabras. Dos días, dos horrores, la radio de testigo y la resignificación instantánea de dos espacios en el tiempo de lo que espero sea sólo la mitad de mi vida.
A los 13, en Buenos Aires, sin saber que ya estaba escrito en la pared lo que se nos venía al otro lado de los Andes (y no precisamente en un burro muerto de hambre). La ignorancia es bendición, a veces. Otras, ignorancia, pura y dura. En ese entonces (y ahora también) la biblioteca de Babel, tal vez podría contener, un poco ajustadamente por la falta de espacio y sólo si evacuaban bien los bibliotecarios, la cantidad de cosas que no sabía yo. Precisamente, la biblioteca contenía ya el dato de que Victor Jara iba a morir en el Estadio, con muchos otros más, menos famosos aunque igual de humanos. Creo que ya sabía quién era Victor Jara (algo es algo) y los primeros tres versos de “Te recuerdo Amanda”. Otro dato inservible: yo creía que mi vida iba a transcurrir como lo anticipaba mi padre. ¡Joder! Así cualquiera pierde las ganas. Yo creía, ilusamente, que los estadios eran espacios de recreo, pa' jugar al fútbol o correr carreras y esas cosas. Y los estadios nacionales mucho más, porque hasta se podían hacer conciertos ahí, y tocar la 1812 sin que los cañones rompieran mucho las gradas.
¡Ah, los cañones! sí, claro, los cañones... El general Cañones y su sobrino Isidoro (¿era sobrino, siguiendo la regla de la orfandad literaria o la del Pato Donald?). Sí, esos cañones. Es que mi abuela todavía vivía y me pasaba furtivamente los cincuenta centavos, de vez en cuando, protestando por la inflación aunque yo creía que hablaba de que estaba gorda, para que me comprara una usada y la leyera en vez de romperle los jarrones (proverbiales jarrones, si total mis primas ya habían pasado por ahí antes que yo) Todo un genio en eso de la psicología infantil, mi abuela.
Pero si de re-significar se trata, re-signifiquemos en paz, que tiempo hay. Otra sorpresa. La que entra por la puerta no es mi abuela con el Patoruzú. Es mi prima (Leda, siempre terminás en estos blogs, te guste o no) y son como las tres de la tarde y, aparentemente, hay una pila de estudiantes que se van a manifestar contra el golpe de estado que esta ocurriendo allá donde pedía morfi el burro aquel de San Martín. "Dale, que después nos vamos a lo de la tía Rosa a comer merengues" ¿Pero me dejará ir? Te apuesto a que no. "¿Cómo... vos no estabas enferma?" ¿Viste? ¡Te gané! Me quedé sin merengues.
A los 41, por desgracia, vislumbré lo que se venía y de pura intuición, o años que una ha venido juntando, o suerte perra, no me equivoqué. ¡Qué pena! ¡Hubiera sido tan refrescante eso de haberme equivocado...! Pero no. Re – significación de espacios y la guerra, otra vez, a la vuelta de la esquina. ¡Joder...! ¡Mierda...! Te gané... ¿Y los merengues?
Pero eso no es lo que quería decir. Ya ni me acuerdo en realidad. ¡Ah sí! Bueno, es que la edad viene en malas compañías. Quiero decir, un poquito de sordera por aquí, un poquito de miopía por allá y en el medio esa sensación ineludible de que, de frente al horror que estamos presenciando (sic), lo que se viene es casi como peor. Deja vu... (Che, no sé qué esperan, ¿Montaigne?, con un año de francés, aunque haya sido en el CNBA hace tropecientos años - y me quito, claro,)
Me pregunto cuántos tuvieron ese día, frente al feed de todas las emisoras estadounidenses transmitiendo al mismo tiempo por el Canal+ en Lanzarote (agujero marciano y precioso del culo de Europa) esa sensación de vértigo que produce el saber que se viene la hecatombe. Yo apuesto a que mucha gente, realmente, que no tengo veleidades de originalidad y mejor mal acompañada que sola, en ciertos casos. ¿Cuántos de ellos tenían pasaje para viajar en avión? Levanto la mano. Vuelvo a los 13, hago testamento, le digo al Juano qué hacer en caso de… y en 10 días salgo para Madrid, sin seguridad de que podré volar pero con permiso para quedarme una noche en Philly a visitar a Jim y a Beth, cortesía de United Airlines. Volaaareeee… oh oh.
Claro que hablar después de 33 años, de cinco, o de tres minutos es muy simple. Así que… ¿me retracto? No, ¿para qué? Si esto no es de lo que quería hablar. Se preguntarán entonces (con algo de razón pero no con toda) "¿Y de qué cuernos querés hablar?" "Qué se yo", responderé, mirando desde lejos, como si la imagen no me tocara. "¿Importa realmente?"
A los impacientes sí.
A los hollywoodienses también.
A los lilliputienses, un montón más.
A los otros, tal vez no.
"¡Hola, Otros! ¿Qué tal?"
" … y… ¡NADA! ¡Hola, profesora!"
Acá estoy porque he venido,
porque he venido aquí estoy,
y si no gusta mi modo,
vaya a leer otro blog.
Bueno, ta. Tranquila. Volvé a la tierra que te perdonamos la multa. No pasa nada.¡Uuukeee! Ta bien, a la tierra vamos.
¡Upa! Lo siento, nos bajamos en el piso que no era. Y bueno, se abrió la puerta del ascensor y nosotros, en babia, dijimos "Si se para debe ser mi piso" y arremetimos como el Makz cuando viene embalado detrás de la pelotita de turno. (Pobre gato, abducido para el blog, ¿no sufre ya mucho ese bicho?)
¿Y adónde hemos llegado?
A la tierra, sí claro,
señales hay,
y de peso,
para pensar eso.
Un prado bucólico, algunos pastorcitos con ovejas, tal vez una parejita pasada de moda hace mucho tiempo ya, en eso de la estética. Arbolitos, matorrales, bosquecito fresco (solo le falta la fuente para el locus amoenus) ¡Vaya paisaje! Este no era nuestro piso. Pero como lo fantástico sólo vuelve a abrir esas puertas en las películas, no nos queda otra que explorar. ¡Exploremos pues, que tiempo sobra (como que fuimos p’atrás)!
¿Estaremos en la Grecia del renacimiento?
Pará loco, que una tiene su cachito de curtura. El cuadro ese no es renacentista. Mirá cómo van vestidos. ¿Tas mal? Con tules y miriñaques. Y esa palidez que compite con los tules, ¿qué? Mirá bien.
Che, fijate detrás de la tarjeta a ver… ¿cómo se llama?
Chau.
¿Ya te vas?
¡Nooo! Que dice “chau”… en la tarjeta, ¡bolas!
¿Cómo chau? ¿Tas mal? ¿Cómo se va a llamar Chau? ¿No ves que es de Europa el paisaje? Si tuviera ombú todavía, sería pampeano. (¿No será del Paraguay?)
Nooooo. Que te digo que leíste mal o que el nombre está borrado. Dame pa’ ca. Dale.
Bueno, tomá, ahí lo tenés. Miralo vos a ver qué dice.
Ves, se le borroneó la letra. Dice… Achau.
¡Salud!
No, ¿qué salud? Achau. Te lo dije. Te gané. (Pasame un merengue, tía)
Achau? … ¿De qué año es? ¿Dice?
Sí, 1969...
Sí, claro, va a ser del año que viene el cuadro y todo.
Ah… nooo. 1869…
¿Seguro que dice Achau?
Ah no, me faltaba una letra, es que se cayó galletita sobre el nombre y ahora no se ve nada. Es una O…
Vos estas del marote. ¿Cómo va a ser Oachau? ¿En qué idioma es eso? No puede ser.
Seguro…bueno, también podría ser una D, ¿no?
Allá, a lo lejos y falta tiempo todavía, David Wyman se mata de risa: “¡ay, estos críos…!” “Nada que hacer, habrá que esperar unos 20 años más para que la piba esta caiga. Pero ya caerá, yo me encargo, no se preocupen” Y es que después del ’42 los lugares y el tiempo y las flores que lleva la gente en el colectivo son intercambiables, reducibles, liminares y sobre todo, debatibles.
Allí, de lo que va del cuadro al estadio y a la doble ausencia, sólo nos separa el salir del ascensor como atolondrados. Vaya uno a saber. Total dos años también pueden ser un día, o cincuenta. Pueden ser dos minutos y viceversa. Y no les hablo de las millas y los milímetros para no abutere patientiae nostrae.
A mí no me sigan. Yo también estoy perdida.
Estarán de acuerdo conmigo en que, después del latinajo, y a la hora de la cita culta, esto es un poco menos visto que el "Lasciate ogni speranza..."
..................................................................................................
Siempre tuve ganas de escribir un manifesto fantástico - surrealista.
Pena, Marce, te llevaste las pistas y nos dejaste sólo los acertijos.
¿Y ahora, qué hacemos?
Che, ¿queda yerba?...
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta recuerdos. Mostrar todas las entradas
jueves, 14 de septiembre de 2006
¿Dónde estabas el 11 de septiembre?
A Marcelo, in memoriam.
lunes, 15 de agosto de 2005
Mi tía Rosa
Esto surgió como un divague que terminó en el planeta Venus. Mientras le contaba a mi amigo Pablo U. mi alegría por tener departamento nuevo (con dormitorio) la fuerza del subconsciente, y de la mudanza que en griego también se llamaba metáfora (de acuerdo con Leda, que de griego hizo un par de años más que yo) me hizo desembocar en este recuerdo de infancia y no tanto.
Imaginate... voy a tener dormitorio en casaaaaa. Después de cuatro años viviendo en un ambiente y de este último viviendo con Juano en el mismo ambiente. Por suerte, hemos sobrevivido y no hizo falta tramitar el divorcio. No te imaginás (o tal vez sí) lo que significa el prospecto de tener un dormitorio que no sea además oficina, living y todo lo demás.
Y es que yo hago lo que hacía la hermana de mi abuela que describía su diminuto departamento de San Telmo como si fuera una mansión señorial. Al armario lo llamaba cuarto de vestir, y al pasillito de entrada, el salón de recepción. El sillón con la lámpara delante de una bibliotequita minúscula era, por supuesto, la sala de lectura; el mueble de pared con su camita, y sus innumerables cajoncitos y puertitas. representaba no solo el cuarto de huéspedes sino además el cuarto de costura, su oficina (un gabinetito que se abría en el centro del mueble y que ella usaba de escritorio para hacer sus traducciones y papeleos) y la sala de entretenimientos (por el televisor eternamente empotrado en uno de los estantes del mueble). La mesa, que estaba delante del mueble, era el salón de banquetes y, si la corríamos contra el mueble, el espacio podía ser también un salón de baile. Un gabinete de cristal que contenía figuritas de Murano y miniaturas de porcelana, coleccionadas a lo largo de varios viajes, era a la vez galería de arte y museo.
De la mano de su imaginación, su departamento era un palacio. Un reino diminuto y exclusivo que se contradecía a si mismo con total naturalidad por arte y magia de la palabra que re-significa. La reina, desde su trono -el sillón de la sala de lectura, por supuesto-, coronada en llamas y con cetro humeante y con filtro, ejercía su poder de nombrar cosas, realidades y personas a su antojo, transformándolas, de paso, en lo que su capricho le dictara.
En realidad, los únicos dos cuartos que tenía el departamento eran el baño, de asombrosas dimensiones (por lo normales) y la cocina que debía tener, sin exagerar, medio metro cuadrado. De ahí salían los manjares más espectaculares y el café a la turca que consumíamos como si la cafeína fuera agua mineral.
Si íbamos a su casa con algún amigo, y lo adoptaba de "zorrino", lo primero que hacía era ofrecerle el tour completo de la mansión Mis amigas y amigos creían que era la vieja mas piola que hubieran conocido nunca y tenían razón. Uno de ellos la amaba tanto que hasta le dedicó unos versos en un poema suyo una vez. Y es que entrar en ese mundo era como encontrarse un genio de esos de lámpara (es que ella era un gigante en un mundo diminuto) y que, en vez de los tres deseos, te invitaran a tomarte un cafecito, con puchos, (que fumaba como para llevar al pneumólogo más liberal a la desesperación o al suicidio) y te convidaran con dulces que no parecían de este mundo y conversaciones igualmente delirantes. Todo y más en la mismísima “milyunanochesca” lámpara.
Había viajado más que muchos. Hablaba, que yo sepa, por lo menos dos idiomas además del suyo. Cocinaba como un chef Cordon Blue. Era menuda, con una melena de fuego y los ojos más celestes que he visto, aunque en la época en la que yo tuve el honor de servir en su corte ya estaban algo velados por las cataratas.
Tenía una labia que ya se la hubiera envidiado un senador romano y una boquita que podía competir con el más rudo de los marineros, tan proverbiales ellos. Yo aprendí de ella el arte de la puteada y del “hablar bien no cuesta un carajo…”
En apariencia, decente y formal, era hasta puntillosa en el orden y el cuidado de su aspecto y, por contraste, tenía un arte para la comicidad, tanto física como verbal, que te hacía pedirle, llorando y sin aliento, que por favor la cortara, porque era capaz de ponerte al borde del infarto cuando entraba en vena cómica. Su especialidad eran los aspavientos fingidos, la ocurrencia, la contradicción absurda y los ataques incontrolables de risa, que contagiaban a todo el mundo sin una razón aparente. Lo fantástico y lo caótico eran su dominio privado. Era capaz de convertir el incidente más trivial en una hecatombe de caos que terminaba en el más absoluto de los absurdos.
Hay que ver el agujerito que nos dejó esta mujer cuando se nos fue, a sus 86 pirulos, en el 91. A partir de ese día, la historia familiar tiene un antes y un después muy bien delimitados y dos tipos de miembros: los que tuvieron la suerte y el honor de conocerla y los que no llegaron a tiempo para disfrutar de sus excentricidades (o de sus merengues con crema). Si cada miembro de la familia representa algo, ella siempre representó el sentido de aventura, la independencia a ultranza, el amor por lo puramente lúdico y la magia. Estoy segura de que si Cortázar hubiera tenido la buena fortuna de conocerla, seguro que la hubiera coronado como la tía honoraria de todos los Cronopios.
El hecho de estar lejos, y el filtro piadoso por el que mi madre y el resto de la familia pasaban las noticias de ella, me evitaron el tener que presenciar sus últimos meses, que fueron, por lo que finalmente me contaron, horrendos para ella y para quienes tuvieron que transitar con ella ese último tramo en que su universo se fue desintegrando en las tinieblas de la locura senil. Yo, de esos últimos tiempos, recuerdo solamente las llamadas telefónicas que intercambié con ella, cuando todavía vivía en el reino liliputiense de San Telmo, en las que me contaba que, después de tropecientos años, un día, a los ochenta y cinco, decidió dejar de fumar “porque no le hacía bien”
Yo, que nunca he rezado ni creo en la vida de ultratumba, me descubro, en momentos de grandes cambios en mi vida, reanudando imaginarias conversaciones con ella, como si por ahí, ella hubiera encontrado la manera de seguirnos la pista como siempre lo hizo en vida. Mi recuerdo de ella termina en la plenitud de lo que ella siempre fue para todos: empecinadamente humana y mágica por partes iguales.
Un día, luego de una operación que le practicaron, mi madre me llamó por teléfono a Dallas, para decirme que los médicos pensaban que se iba a recuperar. Me dijo que había dejado a mi prima, Leda, acompañándola, mientras iba a llamarme para darme la noticia. Me dijo que no quería dejarla sola mucho tiempo, que se volvía a la habitación en cuando cortara conmigo y que ya me llamaría para contarme cómo iba. Fue durante esa conversación telefónica que la Tía Rosa falleció, con una de sus adoradas zorrinas a su lado. Cinco minutos después, se produjo el segundo llamado, inesperado, y la falta de palabras que mitigaran el golpe.
Hoy, a catorce años de su muerte, el periplo a la Meca, que para mí no está en Oriente sino en la esquina de Bolívar y México, es una peregrinación que cumplo con cada viaje. El ritual siempre es el mismo. Empieza en la Plaza de Mayo, dando de comer a las palomas como cuando mi tía me llevaba de pequeña. Desde ahí comienza la procesión sin santos, pasando por San Ignacio donde tocaba el órgano Héctor Zeoli, que fuera su vecino en Liliput, a quien ella escuchaba ensayar por las tardes y quién alguna vez creyó, no sé por qué, que yo tenía aptitudes para el canto (claro que en esa época yo no fumaba todavía). Luego el Nacional Buenos Aires y los recuerdos de las tardes que pasé en su casa, después de clase, aquel año caótico del 71 en el que hice de todo, menos estudiar. Finalmente, las dos cuadras hasta la Meca. Al llegar me paro, simplemente, a contemplar, desde afuera, el reino liliputiense que hoy pertenece a alguien que, probablemente ni se imagina que vive en un lugar tan fabuloso. Hago lo posible por recordarme a mí misma que “del exilio no se vuelve”…
Por supuesto, aunque la tentación esté presente, asomando por los limites de lo racional, no puedo quedarme ahí toda la vida, pero al irme siempre dejo en esa esquina, no una flor sino una lágrima, como Ruperta... (aunque yo no sea tuerta). Obviamente, no he aceptado totalmente esta ausencia tan conspicua. Tal vez nunca lo haga, por despecho o simplemente porque no me da la gana. Al modo de las familias esas que inventaba Julio, nuestra venganza colectiva por la ausencia ha sido el rescatar de aquel extraordinario poder de resignificación “a la marchanta” que ella tenía, la palabra que se empeñaba en usar para designarnos. Yo, que como ella no he tenido hijos, la empleo ahora para referirme a mis adorados zorrinos, incluso si tan sólo me sirve para recordarla a ella. Siempre está, además, la esperanza de que un día los zorrinos nos pregunten por qué los llamamos así. Y cuando ese día llega, entonces sí que aprovechamos y nos despachamos con lujo de detalles acerca de las peripecias de la tía, mítica y mágica, que jugaba con las dificultades y miserias cotidianas y que nos convirtió, para siempre, en bichos peludos y malolientes pero simpáticos, de lejos.
Imaginate... voy a tener dormitorio en casaaaaa. Después de cuatro años viviendo en un ambiente y de este último viviendo con Juano en el mismo ambiente. Por suerte, hemos sobrevivido y no hizo falta tramitar el divorcio. No te imaginás (o tal vez sí) lo que significa el prospecto de tener un dormitorio que no sea además oficina, living y todo lo demás.
Y es que yo hago lo que hacía la hermana de mi abuela que describía su diminuto departamento de San Telmo como si fuera una mansión señorial. Al armario lo llamaba cuarto de vestir, y al pasillito de entrada, el salón de recepción. El sillón con la lámpara delante de una bibliotequita minúscula era, por supuesto, la sala de lectura; el mueble de pared con su camita, y sus innumerables cajoncitos y puertitas. representaba no solo el cuarto de huéspedes sino además el cuarto de costura, su oficina (un gabinetito que se abría en el centro del mueble y que ella usaba de escritorio para hacer sus traducciones y papeleos) y la sala de entretenimientos (por el televisor eternamente empotrado en uno de los estantes del mueble). La mesa, que estaba delante del mueble, era el salón de banquetes y, si la corríamos contra el mueble, el espacio podía ser también un salón de baile. Un gabinete de cristal que contenía figuritas de Murano y miniaturas de porcelana, coleccionadas a lo largo de varios viajes, era a la vez galería de arte y museo.
De la mano de su imaginación, su departamento era un palacio. Un reino diminuto y exclusivo que se contradecía a si mismo con total naturalidad por arte y magia de la palabra que re-significa. La reina, desde su trono -el sillón de la sala de lectura, por supuesto-, coronada en llamas y con cetro humeante y con filtro, ejercía su poder de nombrar cosas, realidades y personas a su antojo, transformándolas, de paso, en lo que su capricho le dictara.
En realidad, los únicos dos cuartos que tenía el departamento eran el baño, de asombrosas dimensiones (por lo normales) y la cocina que debía tener, sin exagerar, medio metro cuadrado. De ahí salían los manjares más espectaculares y el café a la turca que consumíamos como si la cafeína fuera agua mineral.
Si íbamos a su casa con algún amigo, y lo adoptaba de "zorrino", lo primero que hacía era ofrecerle el tour completo de la mansión Mis amigas y amigos creían que era la vieja mas piola que hubieran conocido nunca y tenían razón. Uno de ellos la amaba tanto que hasta le dedicó unos versos en un poema suyo una vez. Y es que entrar en ese mundo era como encontrarse un genio de esos de lámpara (es que ella era un gigante en un mundo diminuto) y que, en vez de los tres deseos, te invitaran a tomarte un cafecito, con puchos, (que fumaba como para llevar al pneumólogo más liberal a la desesperación o al suicidio) y te convidaran con dulces que no parecían de este mundo y conversaciones igualmente delirantes. Todo y más en la mismísima “milyunanochesca” lámpara.
Había viajado más que muchos. Hablaba, que yo sepa, por lo menos dos idiomas además del suyo. Cocinaba como un chef Cordon Blue. Era menuda, con una melena de fuego y los ojos más celestes que he visto, aunque en la época en la que yo tuve el honor de servir en su corte ya estaban algo velados por las cataratas.
Tenía una labia que ya se la hubiera envidiado un senador romano y una boquita que podía competir con el más rudo de los marineros, tan proverbiales ellos. Yo aprendí de ella el arte de la puteada y del “hablar bien no cuesta un carajo…”
En apariencia, decente y formal, era hasta puntillosa en el orden y el cuidado de su aspecto y, por contraste, tenía un arte para la comicidad, tanto física como verbal, que te hacía pedirle, llorando y sin aliento, que por favor la cortara, porque era capaz de ponerte al borde del infarto cuando entraba en vena cómica. Su especialidad eran los aspavientos fingidos, la ocurrencia, la contradicción absurda y los ataques incontrolables de risa, que contagiaban a todo el mundo sin una razón aparente. Lo fantástico y lo caótico eran su dominio privado. Era capaz de convertir el incidente más trivial en una hecatombe de caos que terminaba en el más absoluto de los absurdos.
Hay que ver el agujerito que nos dejó esta mujer cuando se nos fue, a sus 86 pirulos, en el 91. A partir de ese día, la historia familiar tiene un antes y un después muy bien delimitados y dos tipos de miembros: los que tuvieron la suerte y el honor de conocerla y los que no llegaron a tiempo para disfrutar de sus excentricidades (o de sus merengues con crema). Si cada miembro de la familia representa algo, ella siempre representó el sentido de aventura, la independencia a ultranza, el amor por lo puramente lúdico y la magia. Estoy segura de que si Cortázar hubiera tenido la buena fortuna de conocerla, seguro que la hubiera coronado como la tía honoraria de todos los Cronopios.
El hecho de estar lejos, y el filtro piadoso por el que mi madre y el resto de la familia pasaban las noticias de ella, me evitaron el tener que presenciar sus últimos meses, que fueron, por lo que finalmente me contaron, horrendos para ella y para quienes tuvieron que transitar con ella ese último tramo en que su universo se fue desintegrando en las tinieblas de la locura senil. Yo, de esos últimos tiempos, recuerdo solamente las llamadas telefónicas que intercambié con ella, cuando todavía vivía en el reino liliputiense de San Telmo, en las que me contaba que, después de tropecientos años, un día, a los ochenta y cinco, decidió dejar de fumar “porque no le hacía bien”
Yo, que nunca he rezado ni creo en la vida de ultratumba, me descubro, en momentos de grandes cambios en mi vida, reanudando imaginarias conversaciones con ella, como si por ahí, ella hubiera encontrado la manera de seguirnos la pista como siempre lo hizo en vida. Mi recuerdo de ella termina en la plenitud de lo que ella siempre fue para todos: empecinadamente humana y mágica por partes iguales.
Un día, luego de una operación que le practicaron, mi madre me llamó por teléfono a Dallas, para decirme que los médicos pensaban que se iba a recuperar. Me dijo que había dejado a mi prima, Leda, acompañándola, mientras iba a llamarme para darme la noticia. Me dijo que no quería dejarla sola mucho tiempo, que se volvía a la habitación en cuando cortara conmigo y que ya me llamaría para contarme cómo iba. Fue durante esa conversación telefónica que la Tía Rosa falleció, con una de sus adoradas zorrinas a su lado. Cinco minutos después, se produjo el segundo llamado, inesperado, y la falta de palabras que mitigaran el golpe.
Hoy, a catorce años de su muerte, el periplo a la Meca, que para mí no está en Oriente sino en la esquina de Bolívar y México, es una peregrinación que cumplo con cada viaje. El ritual siempre es el mismo. Empieza en la Plaza de Mayo, dando de comer a las palomas como cuando mi tía me llevaba de pequeña. Desde ahí comienza la procesión sin santos, pasando por San Ignacio donde tocaba el órgano Héctor Zeoli, que fuera su vecino en Liliput, a quien ella escuchaba ensayar por las tardes y quién alguna vez creyó, no sé por qué, que yo tenía aptitudes para el canto (claro que en esa época yo no fumaba todavía). Luego el Nacional Buenos Aires y los recuerdos de las tardes que pasé en su casa, después de clase, aquel año caótico del 71 en el que hice de todo, menos estudiar. Finalmente, las dos cuadras hasta la Meca. Al llegar me paro, simplemente, a contemplar, desde afuera, el reino liliputiense que hoy pertenece a alguien que, probablemente ni se imagina que vive en un lugar tan fabuloso. Hago lo posible por recordarme a mí misma que “del exilio no se vuelve”…
Por supuesto, aunque la tentación esté presente, asomando por los limites de lo racional, no puedo quedarme ahí toda la vida, pero al irme siempre dejo en esa esquina, no una flor sino una lágrima, como Ruperta... (aunque yo no sea tuerta). Obviamente, no he aceptado totalmente esta ausencia tan conspicua. Tal vez nunca lo haga, por despecho o simplemente porque no me da la gana. Al modo de las familias esas que inventaba Julio, nuestra venganza colectiva por la ausencia ha sido el rescatar de aquel extraordinario poder de resignificación “a la marchanta” que ella tenía, la palabra que se empeñaba en usar para designarnos. Yo, que como ella no he tenido hijos, la empleo ahora para referirme a mis adorados zorrinos, incluso si tan sólo me sirve para recordarla a ella. Siempre está, además, la esperanza de que un día los zorrinos nos pregunten por qué los llamamos así. Y cuando ese día llega, entonces sí que aprovechamos y nos despachamos con lujo de detalles acerca de las peripecias de la tía, mítica y mágica, que jugaba con las dificultades y miserias cotidianas y que nos convirtió, para siempre, en bichos peludos y malolientes pero simpáticos, de lejos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)